La Movida Madrileña del siglo XIX

Foto: archivo particular

Voy a imaginar que es marzo de 2016, que celebro mi cumpleaños con dos grandes amigos en Madrid, los hermanos Pepo y Magín Perandones, y que mientras celebramos mis “late thirties”, se oye entre bambalinas los riffs de las guitarras de Lust for Life de Iggy Pop, una canción que me transporta a mis rebeldes diecisiete años.

En mi fantasía, estoy conversando con los célebres encargados de la música, la estética y la personalidad de Rock-Ola, el templo de la Movida Madrileña en los años ochenta, y en un ataque de confianza se les ocurre proponerme una misión retadora: dirigir la comunicación de su reapertura, esta vez, en una nueva ubicación, y dirigido a un público mayor de 35 años que quiere escuchar rock y pop. Mientras me pasan unos cuantos voltios de electricidad por el cuerpo al recibir semejante descarga, me atrevo a aceptar. Cuánto me gustan los retos, sobre todo aquellos que me exijan leer, investigar, partirme la cabeza para encontrar soluciones y nuevas formas que resulten atractivas y disruptivas.

Qué locura: voy a colaborar imaginariamente, en esta apuesta por revivir el mítico santuario del rock que durante cuatro años, desde 1981 hasta 1985, marcó la cultura de la ciudad, de una generación y dejó profundas huellas que trascendieron el tiempo.

Aunque ya está claro el target, se me ocurre una apuesta arriesgada: dirigir la reapertura a un público diferente: a menores de 35 años que asocian La Movida Madrileña a un tema de papás, para quienes este fenómeno musical es una referencia lejana.

En este nuevo escenario aparecen tres grandes preguntas: ¿cuál es el contexto de riesgos de una decisión como ésta en función de las variables sociológicas? ¿qué estrategia de medios sería pertinente para relanzar la mítica sala? ¿qué reflexión debo hacer sobre la vigencia y actualidad de los valores asociados a la marca “La Movida Madrileña”?

 

Tras bambalinas de la Movida

El último tercio del siglo XX fueron años trascendentales en la historia humana,  con cambios protagónicos y a la velocidad de la luz: conflictos que configuraron el panorama geopolítico mundial; avances tecnológicos que modificaron el imaginario social, la re-significación de valores para emprender nuevas conversaciones. Los fenómenos culturales se han convertido en la voz de tres generaciones unidas por un lazo familiar y separadas por sus experiencias propias, sus códigos únicos.  Los demagogos mueren, las democracias se fortalecen y  un sistema social y cultural florece entre el optimismo y la decadencia latente.

La Movida Madrileña, musicalmente, artísticamente y cinematográficamente marcó sus huellas en la década de los 80 en España, y se convirtió en un hervidero de expresiones reprimidas, de oposiciones a lo establecido, siendo la radio y la televisión las plataformas de difusión perfectas para la manifestación de esta explosión.

Como un fenómeno social, la Movida marcó el inicio de lo que en la España post-franquista de los años 80 podría etiquetarse como los “15 minutos de fama” de la contracultura en la península ibérica. Con esta expresión que Andy Warhol inmortalizó en 1968 en la Moderna Museet en Estocolmo, (“En el futuro, todos serán famosos mundialmente por 15 minutos”) estallaron, inicialmente sin muchas pretensiones, las expresiones de una generación que anhelaba manifestar su sentir, construir las bases de su verdadera identidad, llenar de música la ciudad y colorear las vidas grises de la represión que carcomía la sociedad española desde sus raíces más profundas.

Los 15 minutos expiraron, la decadencia se tomó el escenario, los ochentas se disiparon y tras ellos llegaron vientos de cambio y la esperanza renacida con el nuevo orden mundial tras la caída del bloque soviético, permitiendo la apertura de las fronteras, el aumento de la competitividad, y la creación de nuevos desarrollos tecnológicos que llegaron con nuevos paradigmas que han revolucionado las bases de la sociedad hasta nuestros días.

Casi 40 años después de su inicio y su pronta caída, la Movida sigue siendo un caso de estudio antropológico y sociológico del que podrían seguirse editando textos y literatura basada en el rigor de la investigación. Jesús Ordovás en su libro “Esto no es Hawai, la historia oculta de la movida” sentencia con seguridad que “si no hubiera sido por cuatro periodistas, cinco discográficas y el dinero que los ayuntamientos se gastaron en organizar concursos de rock y fiestas populares, la Movida no se habría extendido por todo el país”.

En 2016, con la moda vintage y la nostalgia de lo retro en boga, la Movida quiere resucitar con la reapertura del “Studio 54” madrileño en el que vivió su mayor efervescencia: Rock-Ola, el templo musical y de conciertos que respiró su espíritu, que alimentó las ansias de libertad de una generación inspirada por la rebeldía importada del Punk reivindicativo del Reino Unido y el Glam estadounidense, los cuales nutrieron no solo la contracultura española sino las nuevas olas nacientes en Latinoamérica, específicamente en Argentina, Chile y Colombia. 

Los protagonistas de ayer y de hoy

A pesar de su corta vida, la Movida ha dejado un legado que ha trascendido generaciones: de la X a los millennials, estos últimos herederos de los valores de la Movida original (libertad, creatividad, lo políticamente incorrecto, etc.), han transformado la forma y los medios de expresión social, conservando el poder de su fondo transgresor y disruptor. En definitiva, adaptando el espíritu libre a su propio tiempo y con sus propios medios.

Los generación que la vivió en carne propia reivindicó sus derechos sociales, culturales, sexuales, su expresión estética y artística. Hoy en día, muchos de sus grandes exponentes son de culto, como es el caso de Pedro Almodovar, Nacha Pop, Alaska, entre otros. Las expresiones fuera del estatu quo asociadas a la revolución punk y los excesos en la divulgación de las libertades eran pan de cada día.

Las nuevas generaciones, aunque conservan la idea de conquistar un espacio propio, son diferentes. Según Javier Ayuso, en el artículo Una generación entre dos mundos, “la generación del milenio vive con la etiqueta de formar un ejército de gente perezosa, narcisista y consentida; sin embargo, los jóvenes españoles de entre 18 y 34 años son también críticos, exigentes, reformistas, poco materialistas, comprometidos, digitales y participativos. Pero piensan que la sociedad está en deuda con ellos.”

Esta sentencia, demuestra la paridad que existe entre una generación y otra: ambas impacientes, reivindicativas y que siguen causas comunes. Cada una a la medida de su tiempo. ¿En dónde radica su diferencia? En la forma de expresar sus ideales.

Si bien los músicos, artistas, cineastas, etc., que se catapultaron en los años 80 fueron patrocinados por medios de comunicación como la radio y la televisión, reyes indiscutibles de la sociedad de ese tiempo, hoy en día son anacrónicos para una generación que vive la coherencia de su pensamiento a través de acciones “independientes”, que se validan permanentemente a través de medios digitales.

Una aproximación a una divulgación hecha a la medida de su tiempo

La decisión de revivir de las cenizas, como el Ave Fenix, a Rock-Ola, el viejo templo que le dio vida y obra a la Movida Madrileña en los ochenta, ha supuesto un reto en cuanto a la vigencia de este fenómeno como movimiento de identificación y sentido de pertenencia de la nueva generación, la cual tiene unos hábitos de consumo de los medios tradicionales bajísima en comparación con sus antecesores.

Según el portal Dilligent, que resume algunos puntos del Global Nielsen Survey 2017, los millennials “se caracterizan por autodenominarse políticamente independientes, ser “nativos digitales” por la utilización habitual de la tecnología y el uso continuo de smartphones y redes sociales. Crecieron en un contexto de fragmentación de los medios de comunicación y de aumento del número de canales de televisión que, junto a la web, los ha llevado a convertirse en multitareas.”

En este orden de ideas, al plantear un plan de medios hipotético para llevar a cabo una divulgación y promoción exitosa de la reapertura de Rock-Ola en el siglo XIX, es importante tener en cuenta varios factores: la creación de una narrativa que cree un punto de encuentro entre la nueva generación y la que originalmente vivió la Movida, y así romper con el paradigma de “esas son cosas de papás”.  Para lograrlo se podrían consolidar alianzas musicales, artísticas y estéticas con los nuevos representantes de estos campos, los cuales se convierten en modelos a seguir y de quienes las nuevas generaciones son abiertamente seguidoras.

Por ello, la inversión publicitaria debería ser en 90/10: 90% para medios digitales y redes sociales, y un 10% para medios tradicionales (radio y TV). 

Producir un disco que se lance por plataformas de streaming (deezer, spotify, itunes) en las que grupos musicales de “Indie español”, como Vetusta Morla, Leiva, Izal, Sidecars, entre otros, revivan las canciones de Kaka Deluxe, Alaska y los Pegamoides, Burning, Radio Futura, Nacha Pop, entre otros, podría renovar y legitimar el espíritu y la vigencia de la Movida en voces nuevas, modernas, independientes, con amplio número de seguidores de la nueva generación y legitimados por su presencia activa en redes sociales.

No sería una idea loca crear un festival anual que reúna a los “nuevos y a los viejos del rock” y que una en una especie de matrimonio ambas propuestas musicales, se adapten a esta época.

Llenar la ciudad con frases tipo “A quién le importa lo que yo haga” a través los colectivos jóvenes emergentes que forman parte de la cultura del grafiti, le darían un nuevo significado a esos mensajes para crear un sentido de pertenencia hacia el relato propio de la Movida en el siglo XIX.

Incluso, se podría pensar en concursos de ejecución digital que permitan que las nuevas generaciones tengan un mejor conocimiento de la Movida original, siempre a través de voces válidas: youtubers e influenciadores que lleven un mensaje coherente, notorio, relevante y de identificación permanente.

También pensaría en la creación de una línea de ropa de la Movida, en alianza con marcas reconocidas (Bershka, Stradivarius, Primark, etc.) que tenga como embajadores a chicos y chicas reconocidas en España,  validados por el número de seguidores que tienen en sus redes sociales.

Según un estudio hecho por el Cambridge Monitor, para “los millennials españoles, la difusión de las nuevas tecnologías en la vida cotidiana cumple un papel tan importante, que los puestos de trabajo más deseados son los de probador de videojuegos, diseñador gráfico, youtuber o blogger”. Este resultado indica que el camino para realizar un plan de medios exitoso, debe estar alineado a los gustos y los hábitos de consumo actuales de esta población.

El fenómeno de Rock-Ola no es único en Madrid en la actualidad. Otro sitios como el Independance Bar ha logrado crear una audiencia de asistentes a sus fiestas de música de los ochenta e indie actual, usando el e-mail marketing con invitaciones exclusivas que incluyen consumición e ingreso de invitados como parte de su estrategia para conquistar y cautivar nuevos públicos.

Si bien, hacer un Plan de Medios alineado al rigor de un Plan de Comunicaciones lleva tiempo, cuidado y una mirada bastante estratégica, estas acciones puestas cuidadosamente, con un contenido funcional y que conecte con los valores y las emociones del público que se quiere impactar, podría crear un puente de comunicación efectivo entre una generación y otra para reconciliar a dos generaciones que tienen sentimientos y valores comunes, vividos en contextos históricos diferentes.

La Movida Madrileña: una marca que registró su tiempo

Podría conversar, leer y escribir mucho sobre este fenómeno, al cual calificaría de efervescente. Sin embargo, dejó una profunda huella cultural y mediática en la sociedad de su tiempo y todavía es sujeto de estudio. Esto me cautiva y me llena de curiosidad desde el punto de vista artístico y cultural, sobre todo desde el punto de vista musical.

Mi reflexión apunta a que la audiencia de ambos momentos comparten valores: la reivindicación de genero, la libertad sexual, la honestidad de querer manifestar coherencia entre su sentir y su actuar, querer disfrutar las cosas sin poseerlas, vivir controlando la incertidumbre. Fluir con los días y, como dice una canción de Jorge Drexler, “amar la trama más que el desenlace”.

Estos valores compartidos se viven de forma diferente por lo medios de comunicación en cada momento histórico: en los ochenta, MTV era el rey de los contenidos mediáticos en América. La TVE y Radio3 fueron los grandes patrocinadores de la Movida. Hoy en día, Youtube, Instagram, las plataformas en streaming y otros medios digitales, comparten contenidos que reafirman valores y posiciones en las nuevas generaciones.

El fondo permanece, la forma se transforma para dar paso a nuevos formatos. Por ello, lo que debe consolidarse es el QUÉ, a través de CÓMOs que sean aceptados y legitimados por ambas generaciones. De esta forma, se podría encontrar un punto de encuentro que reconcilie los valores y manifestaciones propias de cada una, conviviendo en armonía en este contexto digital-análogo en que nos sumergimos día a día.

Dicho esto, la celebración de mi cumpleaños treinta-y-tantos finalizó pactando un trato fenomenal en mi cabeza ociosa,  y el sonido ochentero de la canción que suena en mi Playlist: Lobo Hombre en París de La Unión, un clásico de la Movida Madrileña, un fenómeno cultural que seguiré explorando.